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11 Mayo 2017

David ya quiere regresar, de la forma que sea...

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Han pasado 1.402 días desde que escribí esto, desde el día en el que Alexandra Córdova abrazó y habló con su hijo por última vez. Él se llama David Romo, repito, se llama David, no se llamaba, no se llamó, se llama David Romo Córdova. Las últimas palabras que le dijo a su madre fueron para informarle que estaba próximo a llegar, ese tiempo no debía exceder de 10 o 15 minutos, pero, ya han transcurrido 1.402 días, casi 4 años y aún no llega.

En la sala de su casa tiene un altar con una foto gigante de su hijo, de su amado David, al que lo mira a diario en una serie de fotografías que van desde su infancia hasta el último baile que tuvo con ella, el día de la madre, apenas 5 días antes de su desaparición. Me dice: él no sabía bailar muy bien, pero ese día me sacó a bailar, era muy alegre

¡¡Carajo!! Me digo para mis adentros…

Trago saliva y aprieto los dientes, no comprendo qué fuerza es capaz de sostener a esta mujer, que después de una agonía tan prolongada, de un vacío incomprensible, de tanto dolor, sigue con la cabeza levantada, con el alma destrozada, pero limpia Alexandra sonríe mientras mira fotos de su David, de ese joven que es el hombre de su casa, de ese muchacho que, desde donde esté, todavía es capaz de hacerla sonreír.

Para Alexandra el tiempo, se ha convertido en una aguda tortura. Todos los días se le hacen eternos y fugaces, algunos duran 21 horas ininterrumpidas de gestiones, de declaraciones, de careos, de puertas cerradas, de caras largas, de versiones extraoficiales, de silencio, de un cruento, miserable y cómplice silencio; de balbuceos y tartamudeos de servidores públicos que no saben cómo decirle que ya deje de buscarlo, de gente que vive incómoda, porque ella no abandona la lucha por su hijo y no dará tregua hasta encontrarlo.

Gente inescrupulosa, para concluir la búsqueda, para desestimar su caso, ha sostenido que él se marchó porque sus padres se divorciaron… ¡¡Alexandra, se divorció hace más de 15 años!!. Al escuchar esas estupideces se indigna, su David siempre le repitió que él era el hombre de la casa. Ella conoce a su hijo, una madre sabe, ¡¡David no se fue, a David lo desaparecieron!!

Todos los días sale en pos de una esperanza, una noticia, algo que termine con la incertidumbre y el vacío. Ella parece que tiene una coraza invisible que la protege y le ayuda a lidiar con la ineptitud de quienes, en teoría, deberían darle respuestas. Debe lidiar con la maraña de un sistema incompleto, caduco y estéril.

A los desaparecidos no se los traga la tierra, no se esfuman porque sí, eso lo sabe, lo que ignora es el por qué, el dónde, el para qué, el hasta cuándo.

Sus ojos no disimulan la tristeza, ni esconden las más de mil noches en vela, en las que se ha sentado a esperar el regreso de su hijo, de su amado David.

Cuando se trata del bienestar de los hijos, una madre no acepta condiciones, ni siquiera las que pudiera tratar de imponerle la muerte; una madre no le perdona a las tinieblas de la desaparición que le escondan a su hijo, no se resigna, no se conforma con respuestas tontas a preguntas vitales. No cree en procesos con una cascada de fallas e inconsistencias, no cree en la gente que se lava las manos, en las que no hacen su trabajo.

Ella cree en David, en su hijo, al que con un amor total educó. Lo hizo un buen hombre, lo hizo una buena persona, un buen amigo. Cree en David, en el Romito, en ese muchacho al que le extraña hasta el cuidador de carros, porque era un buen guagua. Cree en ese chico amable y querendón que fue sacrificado por el tiempo y la ausencia, pero que está eternizado en el ahora de todos los días hasta el fin de los tiempos y en la memoria de tantos, incluido su perro ese que jamás lo olvidó y espera ansioso su regreso.

En estos casi 47 meses de espera, Alexandra entiende que su búsqueda no ha sido exitosa, pero, que por esa búsqueda, por esa incansable batalla que libra a diario, ha sido posible encontrar a muchas otras personas desaparecidas. Ella dice con humildad y satisfacción: David las encontró.A mí se me hace un nudo en la garganta, debo bajar la cámara, dejar de disparar un momento, debo tratar de asimilar o tratar de explicarme de alguna manera cómo funciona el azar y la necesidad, ese batir de las alas de una mariposa que desde algún lugar ocasiona un tifón en otra parte del mundo. Hay fuerzas imparables, no objetos inamovibles, hay dolores que se heredan y transmiten, hay heridas que no se cierran, que jamás cicatrizan, heridas que no son de una sola persona, heridas que tenemos todos y algunos no sabemos, porque un desaparecido, aunque fuera único, es algo por lo que debe responder el mundo, es algo que nos debe unir a todos.

Me voy pensando en algo que repitió varias veces y es algo que hace eco en mí, porque yo también tengo hijos, y solo de imaginar que los pudiese perder mi alma cae en picada a un abismo, me voy pensando en la dulce voz de una mujer firme, digna e inexpugnable que dice: Para mí siempre estará vivo, en mi corazón sé que David ya quiere regresar, de la forma que sea”…

Luis Mariño Carrera

Escrito el 17 de marzo de 2017

Quito - Ecuador

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Luis Mariño Carrera, fotógrafo y realizador audiovisual

Consultor de Comunicación.

luismarinocarrera@gmail.com
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